El verano es una época muy significativa para los adolescentes ya que supone un cambio radical en su día a día. Desaparecen las prisas, se flexibilizan los horarios y se reducen las obligaciones escolares. Este periodo vacacional, que a priori debería suponer descanso y bienestar, también puede representar un momento de vulnerabilidad si no se gestionan adecuadamente las nuevas dinámicas que trae consigo.
La adolescencia es una etapa de transformación, búsqueda de identidad y necesidad de autonomía. En este contexto, la falta de estructura que muchas veces caracteriza al verano puede derivar en desequilibrios emocionales, aparición de conductas de riesgo o agravamiento de problemas de salud mental ya existentes.

Riesgos más comunes en verano
Trastornos de la conducta alimentaria (TCA):
Durante los meses de calor, aumentan las actividades al aire libre y, con ello, la exposición del cuerpo. En una etapa vital en la que la imagen corporal cobra una importancia central, esta exposición puede aumentar las inseguridades y favorecer pensamientos obsesivos relacionados con el físico. En adolescentes vulnerables, esto puede traducirse en el inicio o agravamiento de conductas restrictivas, atracones o compensaciones.
Adicciones (pantallas, sustancias):
La cantidad de tiempo libre y la relajación de las normas pueden conllevar un uso excesivo de dispositivos electrónicos. El aumento del tiempo frente a pantallas puede generar dependencia y afectar al estado de ánimo, la motivación y el descanso. Además, el verano implica más salidas sociales, lo que puede suponer el inicio o el aumento del consumo de alcohol y otras sustancias, en un contexto donde muchas veces no hay supervisión adulta constante.
Insomnio y alteraciones del sueño:
Sin la obligación de madrugar, es frecuente que los adolescentes alteren su horario de sueño. Acostarse muy tarde, dormir hasta mediodía o hacerlo en horarios irregulares puede afectar no solo a su descanso físico, sino también a su equilibrio emocional. La sobreexposición a pantallas durante la noche agrava este problema, afectando al ritmo circadiano y generando mayor irritabilidad, fatiga diurna o problemas de concentración.
Promover hábitos saludables
Aunque es normal que el verano implique cierta flexibilidad, mantener unos mínimos de estructura puede ser fundamental para el bienestar emocional de los adolescentes.
Rutinas de alimentación y sueño:
Fomentar horarios regulares de sueño (por ejemplo, evitando que se levanten más allá de las 10:30 h) y mantener una alimentación variada y equilibrada es clave. Un buen descanso y una dieta adecuada contribuyen directamente a regular el estado de ánimo y prevenir problemas asociados al descontrol emocional.
Actividades de ocio saludables:
El verano es una gran oportunidad para salir de la rutina y fomentar experiencias enriquecedoras. Participar en campamentos, actividades deportivas, talleres o voluntariado no solo mantiene activos a los adolescentes, sino que promueve su socialización, autoestima y sentido de pertenencia. Estas actividades, además, fortalecen los vínculos familiares si se comparten momentos de calidad juntos.
Fomentar la comunicación en casa:
El entorno familiar sigue siendo un eje clave en la salud emocional adolescente. Es fundamental mantener espacios de diálogo donde los adolescentes puedan expresar cómo se sienten, sin miedo a ser juzgados. Para ello, es importante que los adultos practiquen la escucha activa, validen sus emociones y fomenten una comunicación asertiva, basada en el respeto y la empatía.
Un buen momento para comenzar terapia
El verano, lejos de ser una pausa en los cuidados de salud mental, puede convertirse en un momento ideal para comenzar un proceso terapéutico. Estos son algunos motivos:
Mayor disponibilidad:
Al no haber clases ni actividades extraescolares, los adolescentes disponen de más tiempo libre y una mayor flexibilidad de horarios. Esto permite programar sesiones con regularidad, facilitando una continuidad terapéutica más estable y eficaz.
Menor carga de estrés:
Sin la presión de los exámenes, los conflictos escolares o la exigencia académica, muchos adolescentes se sienten más relajados y abiertos. Este ambiente favorece la expresión emocional y la disposición a trabajar aspectos internos que durante el curso pueden quedar bloqueados.
Preparar el próximo curso:
El verano es también una etapa de preparación. Aprovechar estos meses para abordar problemas como la ansiedad, la baja autoestima, las dificultades de relación o los conflictos familiares puede marcar una diferencia significativa en el rendimiento y la adaptación al nuevo año escolar. Llegar con más herramientas y estrategias emocionales mejora no solo el rendimiento académico, sino el bienestar general del adolescente.
Conclusión
Aunque el verano puede parecer un periodo relajado y sin complicaciones, también puede suponer un riesgo para el equilibrio emocional de los adolescentes si no se acompaña con cierta estructura y atención. Mantener hábitos saludables, cuidar la comunicación y estar atentos a posibles señales de malestar puede prevenir complicaciones.
Y si ya existe una dificultad emocional o psicológica, este es un momento ideal para comenzar a abordarla. En IMQ Amsa contamos con un equipo especializado en salud mental infanto-juvenil, preparado para acompañar a adolescentes y sus familias con cercanía, profesionalidad y confianza.
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